Erase una vez un oasis cercano a El Cairo llamado “ El Fayum”. Shiwa y su familia acudían a su palmeral a las afueras del pueblo del oasis para ir preparando las tierras para su cultivo. Las férreas costumbres de “El Fayum” impedían a las mujeres salir de su casa, ni tan siquiera tapadas. En ese lugar de la tierra, las mujeres ya en edad de compromiso, casadas y viudas no podían mostrarse al resto de sus vecinos.
Solo en su casa y ante los hombres de su familia se podían mostrar. Por eso Shiwa estaba deseando poder ir al oasis, en concreto al palmeral de la familia, donde se reunían para preparar las tierras para la cosecha. Allí las mujeres sí podían salir al exterior y desenvolverse libres, sin ningún problema.
Y así sucedió que estando Shiwa ayudando a su hermano mayor a cavar una zanja se escurrió y cayó en todo el torrente de agua que bajaba. Entonces una mano la asió para ayudarla a levantarse y cuando levantó la mirada esperándose encontrar a su primo, no fue así. Eran unos ojos negros, cual canicas, que la miraban fijamente sin dejarla escapar, no pude dejar de mantenerle la mirada, era como un imán que la atraía sin remedio.
– ¿Te lastimaste?
– No, no, estoy bien, ha sido solo un resbalón -contestó Shiwan muerta de la vergüenza.
Se trataba de su primo tercero Mohamed, que había pasado fuera estudiando unos cuantos años. Hacía al menos tres años que no se veían y ambos habían cambiado mucho, en esos años de adolescencia ya se sabe…
Pasaron el día contándose que había sido de cada uno de ellos. La verdad es que Shiwa no tenían mucho que contar, siempre encerrada en casa. Pero Mohamed relataba unos sitios tan hermosos que había visitado, y tantos amigos que había hecho en la escuela, tantas y tantas nuevas experiencias… Pero, a Shiwa no le había pasado nada de nada. La tarde pasó muy rápido y la caida del sol anunciaba la vuelta a casa. No se volverían a ver hasta la próxima visita al oasis, a no ser que Mo, como le llamaban en casa, viniera a verles.
Y así fue, casi a diario su primo acudía a verla a casa de sus padres, hasta que pudieron pasar de nuevo un día completo y totalmente solos en el palmeral de la familia. Allí, Mo, sin esperar más se puso de rodillas y tras una palmera le declaró su amor, le dijo que se irían a vivir lejos de El Fayum, para que ella pudiera llevar una vida normal y salir de casa a sus anchas, poder estudiar y trabajar. Shiwa no creía que eso fuera posible, pero estaba tan enamorada de Mohamed que haría todo lo que el le dijera.
Se pusieron de acuerdo para que la próxima vez que le visitara a su casa, le pidiera permiso a sus padres para casarse con ella. Pero, Mo enfermó y al día siguiente no pudo cumplir sus planes, ni en una semana, el doctor del pueblo no conseguía dar con el mal que le aquejaba. Entonces Shiwa decidió ir al desierto a recoger arena a la luz de la luna llena, que decían los mayores de la tribu que era milagrosa. Su padre la autorizó debido a la gravedad de la enfermedad de Mo y sobre todo a la tristeza que denotaba su hija desde que Mo enfermó.
Shiwa se convertiría en “la única mujer que se recordaba había ido al desierto”. Y su valentía y arrojo tuvo su recompensa, en cuanto le pusieron la tierra que recogió Shiwa en la luna llena en el turbante Mo, recobró el sentido y la salud.
Fue entonces y solo entonces que pudo pedir la mano de la única mujer que se recordaba en El Fayum que había ido al desierto y casarse con ella. Y se fueron juntos tras desposarse a vivir lejos, al mismísimo Londres, a vivir una vida totalmente distinta a la que estaba predestinados.