Hoy día de la Mujer Trabajadora os traigo un primer amor de una amiga mía que le dió por enamorarse de todos sus jefes. Todo comenzó enamorándose de su profesor de inglés.
¿Qué me pasa?, ¿es que estas cosas sólo me pasan a mi?. Resulta que mi primer amor fue un profesor de ingles… un amor basado en la admiración que sentía hacia mi teacher, por supuesto quedó en platónico totalmente, ya que nunca llegó a realizarse. A raíz de ahí y desde entonces me he ido enamorando de todo profesor o monitor que he ido. Cuando terminé mis estudios y comenzó mi etapa laboral la cosa continuó con los distintos jefes y superiores que he ido teniendo, hasta tal punto que he tenido que cambiar de trabajo tantas veces que ya me he planteado hasta visitar al psicólogo para averiguar porqué razón me sucede esto a mi.
Como os decía la primera vez que me enamoré fue de un profesor de inglés, hasta tal punto que mi madre me da un ultimátum, porque no conseguía ni concentrarme, y las clases me las pasaba imaginando lo maravilloso que sería pasear junto a él cogidos de la mano, o que se me declaraba con un enorme ramo de rosas rojas… total que aunque no me perdía ni una sola de sus clases, cuando llegaron las notas de los exámenes, el fracaso fue rotundo. Mi madre me dijo que o me ponía a estudiar en serio o a trabajar.
Yo que no estaba muy centrada por aquel entonces, (no sé si ahora lo estoy o tampoco) y pensé que empezando un curso de inglés mi madre se relajaría un poco y me dejaría tranquila. Así que fui a inscribirme en una academia que había en la puerta de mi casa. Cuando entré a informarme vi a un chico alto, moreno, delgado y algo desgarbado… pero, con unos ojazos color verde, que te hacían perder el sentido y pensé «madre mía, a ver si tengo suerte y lo veo de vez en cuando por aquí”. Sí, sí, de vez en cuando… llegó mi primer día de curso y hala, mi profesor Michael era él, el de los ojazos. Yo tan mona, con mis recién estrenados diecisiete, pues nada, a coquetear con él. El idioma la verdad se me daba muy bien, y en los tres días a la semana de clase cogía unos calores…, me arreglaba muchísimo, parecía que iba de fiesta, me perfumaba, me pintaba, mis taconazos… bueno, siempre a la caza.
Él no me podía quitar la vista de encima, y yo no paraba de mirarle descaradamente, a ninguno de los dos nos importaba, ni mis 16, ni sus 24 años, ni sus extravagancias irlandesas, ni mis ñoñerías adolescentes y yo… me moría por tenerle a mi lado corrigiendo mis ejercicios, en el banco del pupitre y yo no me movía ni un milímetro, me encantaba… Así seguimos durante unos meses, hasta que llegó el día en que el resto de alumnos pusieron una queja sobre él en la dirección del centro, que no era buen profesor porque nos se preocupaba de los alumnos… de ellos no, pero de mi sí… yo no tenia ninguna queja claro, y así lo hice saber, lo apartaron temporalmente y nos pusieron una sustituta.
Mi interés por el idioma se desvanecía poco a poco, no concebía una clase de inglés sin Michael. Un bonito día de primavera, me paró a la salida de la academia y me dijo si quería tomar una Coca-Cola, y acepté. Me dijo que le gustaba mucho, pero que la diferencia de edad y los problemas que le había causado en su puesto de trabajo que le hacían cuesta arriba su estancia en España y que se iba a Sudamérica para cambiar de vida. Me rompió el corazón y cuando me acuerdo de él, aún me duele.
Es más, como os contaba al principio, tras este fatídico episodio mis siguientes enamoramientos han ido repitiendo la pauta, me enamoré del siguiente profesor, que luego me dio por el francés… y tras el ultimátum de mi madre me puse a trabajar. Y, ¿qué me ocurrió?, perdidamente enamorada de mi primer jefe, y del segundo… y me pusieron de patitas en la calle ambos dos. Y ahora, ando sin amor, y preguntándome dónde anda mi Michael, si en Sudamérica, si en Pekín… y me pregunto si esta forma de enamoramiento que a mi me ha dado por tener será por influencia del primero. Nunca he ido al psicólogo, no vaya a ser que me enamore de él.